"Y la escuela es la gran ocasión ¿quién lo duda?. La escuela puede desempeñar el mejor papel en esta puesta en escena de la actitud de lectura, que incluye, entre otras cosas, un tomarse el tiempo para mirar el mundo, una aceptación de "lo que no se entiende" y, sobre todo, un ánimo constructor, hecho de confianza y arrojo, para buscar indicios y construir sentidos...Si la escuela aceptara expresamente - institucionalmente - ese papel de auspicio, estímulo y compañía, las consecuencias sociales serían extraordinarias."

Graciela Montes
La Gran Ocasión

miércoles, 22 de mayo de 2013

LEER EN FAMILIA...UN HÁBITO NECESARIO Y SALUDABLE QUE DEBE VOLVER


Laura deja todo al momento de amamantar a su bebé. Se acomoda en la silla más cómoda y mira fijamente a su hijo. Cuando él termina, se permite unos minutos más de encantamiento, sosteniéndolo fuerte y conversándole. Le cuenta del cansancio de su día, de algo que vio, de lo que siente. El bebé, arrullado por su voz y su calor, escucha Silencioso. Él entiende… 

Luis llega a su casa con las hojas del diario que no se usaron en el taller. Mónica se saca por un momento el delantal y lo recibe mate en mano. Apretados alrededor de la mesa, él lee despacio, con su voz fuerte y comenta algo de lo que pasó. Ella atiende mientras lava y los pequeños miran y escuchan.

Ezequiel espera con sus ojos abiertos que su mamá termine con las costuras que le encargaron y se siente a los pies de su cama. Hace rato que lo mandó a dormir, pero él no lo logra... Finalmente, Elisa se acerca, toma ese cuento ya tan gastado y lo lee lentamente. Una noche más, como si fuera la primera. Ezequiel sonríe y se rinde al sueño.


Estas son solo algunas de las tantas escenas familiares que se dan todos los días en nuestro país. La lectura es en ellas, un motivo de encuentro.


Hablemos de lectura...
Leer es como caminar. Lo vamos haciendo con la ayuda de otros hasta que tomamos nuestro paso: más lento o más apurado. Leemos lento una receta de una torta que queremos lograr igual a la que probamos. Leemos rápido los carteles en la calle. Sin darnos cuenta leemos en todo momento, leemos siempre. Cuando leemos, estamos abiertos a lo que otros nos cuentan. Nos permite guiarnos en el mundo. Leemos, por ejemplo, lo que otras mamás embarazadas narraron de sus partos en una revista y eso nos ayuda a imaginar el nuestro. Nos resulta un buen amparo frente a lo desconocido.

LEER EN FAMILIA
Leemos el nombre de nuestra hija o nuestro hijo en su primer documento y nos llena de orgullo. Leemos los nombres y fechas de las vacunas que nos indicaron en el hospital. Leemos las fechas de vencimiento de los productos que vamos a usar para alimentarlo y alimentarnos. Leemos para informarnos, para saber qué elegir para el bien de nuestra familia.
Sin darnos cuenta leemos siempre
En nuestros recorridos diarios, las imágenes se nos han ido colando. Están presentes en los espacios que transitamos. Carteles, objetos y pantallas aparecen unos tras otros, se superponen y nos atrapan. Leemos sus mensajes en constante movimiento, casi sin quererlo. También leemos los gestos, las miradas de quienes nos rodean. Reconocemos en ellos el cariño, los miedos, los deseos y los pedidos. En todo momento nos guiamos por esa lectura que nos mueve en lo cotidiano.
Podemos pensar entonces a la lectura como una compañera con la que caminamos nuestra vida.


Historias con libros
Un libro, un mate. Cada uno podría contar cuándo fue la primera vez que tomó uno. A veces, estaba en las manos de un abuelo, que nos lo enseñó y nos dio el primero. Otras, cuando fuimos lo suficientemente grandes, ya pudimos tomarlo solos. Nuestro primer libro puede haber sido un regalo de cumpleaños. También, uno que alguien nos dejó porque ya lo había leído. O alguno que nos intrigó por su nombre, llamándonos desde su tapa de colores y se convirtió por mucho tiempo en el libro que deseábamos.

En la escuela, los libros aparecieron por todos lados. En el escritorio de la maestra, en el banco de alguna compañera. Siempre distintos por dentro y por fuera. En particular, se reunían en la biblioteca. Era el lugar de la fiesta de los libros, las revistas, los diarios. Estaban allí con sus distintos trajes, esperando parados o acostados sobre los estantes. Nos llamaban la atención los libros de un mismo color en el lomo, que parecían todos iguales, los dibujos y las letras diferentes.
Numerosos personajes llegaron con cada lectura. Seguimos sus relatos. Los reconocimos en situaciones que habíamos andado. Encontramos en ellos algunos de nuestros pensamientos. Nos entusiasmamos leyendo otras vidas. Enriquecimos así las nuestras.
Son muchas las historias que cada persona amarra con distintos libros o con uno en particular. Cada una las recuerda o guarda para sí, o las comparte con su familia, sus amigos, sus vecinos.

Momentos del encuentro
Los libros están allí. Esperan con paciencia nuestras ganas y nuestro tiempo. No nos obligan. Algunas personas eligen leer a solas, casi a escondidas. Otras, lo disfrutan igual en espacios junto a otros. Leemos de noche, bien tarde, cuando los chicos duermen y la casa ya es silencio. También leemos temprano, antes de salir al trabajo o empezar con las tareas del hogar. O a la hora de la siesta, en ese pequeño rato que es la bisagra del día.

Cada uno elige ese momento del encuentro. También el lugar donde hacerlo.


Lugares del encuentro
Todos los lugares nos permiten leer: una sala de espera, en un consultorio; un colectivo; un rincón en una plaza; un banco en una vereda; un lugarcito soleado en el jardín; la terraza, el patio o el balcón. Basta con darse ese breve tiempo y tener siempre a mano algo que nos espere para leer: un libro, un diario, una revista, un folleto. 
Cada material nos brinda su propia compañía
Lugares como las bibliotecas de las escuelas, las bibliotecas populares o las públicas, algunas librerías, los centros de integración comunitaria, los merenderos y muchos otros están en las comunidades con libros, diarios y revistas para que nos acerquemos a leer.
Leer, jugar, comer, dormir
La lectura será una más de las actividades de la familia, como preparar la comida, mirar la tele o descansar. Será un momento para la escucha, las preguntas, el diálogo y la suelta de la imaginación. Nos va a llevar a disfrutar intensamente de nuestros hijos o sobrinos o nietos. Es una oportunidad increíble para mirarlos atentamente, para verlos sorprenderse o reír, para dialogar con ellos. Nos permite estar cerca. Vivimos así su cariño. El manual del grado, un diario deportivo, papelitos con anotaciones, distintas boletas, andan recorriendo la casa de aquí para allá. Los más chicos observan a los mayores leyendo y van adoptando sus posturas, sus gestos, sus palabras. Se despierta su curiosidad y el deseo de leer, imitándolos. Cuando leemos con nuestros hijos compartimos la alegría de un tiempo en común, sin prisa. La velocidad del afuera se detiene. Los temores que aparecen en los niños en el pasaje al sueño, se disipan si los acompaña la lectura de un cuento o el tarareo de una canción de cuna. La tarde se ilumina de magia si el trabajo del hogar se frena un momento para encontrarse con una historia.
Las ganas de leer
Es así como la lectura y las ganas de leer van juntas. Una rutina que resulte obligada, sin el deseo del que escucha, no ayuda. La magia se diluye. Dejar que los niños elijan qué leer es parte del juego. Serán las historias, las ilustraciones o los temas que ellos prefieran, los que marquen muchas veces las lecturas de cada día y el momento de hacerlas.

Otras, seremos nosotros los que armaremos propuestas diferentes. Poco a poco, sus gustos se irán afianzando. Nos sorprenderá que muchas veces sea el mismo cuento, o poema o adivinanza que los pequeños quieren que repitamos y hasta llegarán a corregirnos si cambiamos una palabra por otra. Hay una música que es parte de la lectura y que ellos quieren escuchar y escuchar… A medida que las lecturas sean más, ellos irán evocando escenas o personajes que combinarán con los nuevos. Su memoria se pondrá a jugar. Estemos cerca aun cuando las chicas y los chicos ya lean solos. Escucharlos con atención cuando nos lean en voz alta, hará que se sientan cada vez más seguros y ganen confianza. Una confianza necesaria para asumir los desafíos de la escuela.

Leer en familia es uno de los modos de cuidar y cuidarnos.

  ¿Con los bebés leemos tam
bién?

Los bebés disfrutan muchísimo de las voces de su mamá y su papá. Son las que escucharon por meses desde el escondite en la panza materna. Son las que les transmiten ternura y protección. Los hacen sonreír, balbucear.
Cuando hablamos y leemos a los más chiquitos también nosotros nos sentimos libres. Las formalidades de ser adultos se caen y nos permitimos jugar con distintas voces, reír, cantar… Son momentos cortos que vivimos muy intensamente. Nada nos resulta más importante que lograr una mirada o una sonrisa del bebé con el que jugamos.
Los bebés, cobijados en nuestra falda, además de escucharnos, juegan con los libros o el material que estemos leyendo. Observan sus colores y figuras. Los giran, los chupan, los tocan. Escuchan sus sonidos. Están atentos a sus descubrimientos. Ellos sienten cuánto de nosotros también está jugando y celebrando. Los juegos de palabras, las rimas, las coplas y las canciones de cuna atraen y amplían el mundo sonoro de los más pequeños. Un hilado invisible de historias y melodías une a las mamás con sus hijos para toda la vida. Muchas veces, ya adultos, recordamos esa cancioncita o ese cuento que nos acompañó de niños. Durante el baño, al acostarlos o al sentarlos sobre una mantita en el suelo, los libros son parte del juego. Los pequeños tocan y miran una y otra hoja, recreando para sí mismos una historia que nosotros desconocemos.
Al leer a los bebés estamos iniciando su apego a la lectura. Estarán descubriendo buenos amigos.

Lecturas y niños
¡Qué momento de placer cuando leemos o narramos a nuestros niños! Es bueno encontrar el tiempo… Si los chicos están con ganas, aceptemos prontamente para que suceda una y otra vez. Ellos van poco a poco saboreando las lecturas e incorporando nuevas palabras. Así, gustarán de decir mejor lo que sienten y piensan. Poder observar y conocer lugares, seres y cosas lejanos a nuestra realidad, es posible también con los libros. Lo que en la tele pasa rápidamente, se queda esperando todo el tiempo que deseemos en una página de un libro o revista. Son la curiosidad y la sorpresa las que pasearán a los niños de su mano. Las zambullidas lectoras llevarán a los chicos a desafiar el miedo, vivir aventuras, encontrar amigos, descubrir lo diverso. Los harán sentirse exploradores y protagonistas de este maravilloso mundo. También los relatos acerca de lo que viven otros niños y niñas, sus alegrías y problemas, los ayudarán cuando se sientan solos. Junto a esos amigos íntimos nacidos de los libros, podrán afrontar sus propias dificultades o inseguridades. Cada uno tomará lo que lo sostenga, lo que le dé una cierta tibieza interior. Al leer nos entregamos. Niños y adultos ponemos en movimiento esa confianza en quien escribe y allí vamos… Aun cuando ya no estemos leyendo, seguiremos pendientes de la historia. Nuestras emociones nos atan a ella por mucho más tiempo.

Leamos para nuestra alegría.
Cuando en casa no hay libros para niños

Muchos materiales de la vida cotidiana pueden ser reutilizados para preparar juegos de lectura. Cuando los chicos crecen, armar con ellos libretas, pequeños libritos, fichas en distintos cartones –en las que incluyamos palabras e imágenes– nos permitirán construir historias en las que ellos participen.
Acercarnos a una biblioteca nos lleva a los libros. La biblioteca del Jardín o de la escuela, la biblioteca popular o la de la Sociedad de fomento del barrio, están ahí, esperándonos. Ellas tienen materiales para los gustos más variados. Los chicos que, con sus hermanos, mamás, papás, abuelos o tíos van a la biblioteca, aprenden pronto que allí podrán sentirse cómodos y encontrarán a alguien que los escuche y les dé respuestas a lo que necesitan.

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